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En estos días,
cuando la coyuntura nacional nos invita a reflexionar acerca de los próximos
comicios electorales, es un deber examinar con detenimiento las propuestas
de gobierno que vayan encaminadas al fomento de la salud, no sólo
física sino también mental, especialmente en la infancia
y la juventud.
Es necesario que las autoridades de gobierno, organizaciones pro derechos del niño, la niña y la juventud, así como los educadores, estemos atentos a la problemática que vive la niñez y la juventud en nuestro país. Esta problemática se ve reflejada en los niveles de escolaridad, ya que sólo el 60% de los niños tiene acceso a la misma. La mortalidad infantil es de 67 por 1,000 niños nacidos vivos, la tasa más alta de Centroamérica. En los últimos años, las principales causas de la mortalida infantil han sido las bronconeumonías, desnutrición, cáncer y diarreas; pero el tercer lugar de mortalidad lo ocupan los homicidios, muchos de los cuales se dan dentro de los propios hogares como producto del maltrato infantil. En Guatemala, el niño sigue siendo un ser desprotegido, muchas veces despreciado, humillado, obligado a resistir largas jornadas de trabajos con las cuales apenas cubre sus necesidades alimenticias. Uno de los maltratos que muy poco se mencionan en nuestra sociedad, es el abuso sexual, el cual pone en peligro la integridad de muchos niños y niñas que deambulan por las calles amargas de la indigencia, la discriminación racial, la desintegración familiar y el oportunismo psicopatológico de muchos adultos. El abuso sexual infantil no sólo tiene lugar dentro de las familias desintegradas o grupos sociales marginados o de escasos recursos. Es una realidad que no respeta condición social, cultural o religiosa. Consiste en forzar a un niño a participar en una relación sexual contra su voluntad, muchas veces sin conocer o sin tener conciencia de las intenciones o manipulaciones del agresor. Generalmente, el agresor es una persona que tiene relación directa con el niño, ya sea dentro de la propia familia, grupo de amiguitos, en el colegio, o en el vecindario; en muchas ocasiones pueden ser los primos, hermanos y hasta el mismo padre. Los daños ocasionados por el impacto de este tipo de abuso afectan
áreas de la sexualidad, la confianza, la habilidad para modificar
el mundo y la autoestima, especialmente los sentimientos.
Si somos observadores, podemos llegar a descubrir pistas que pueden indicarnos que un niño o niña está siendo abusado sexualmente. Manchas de sangre en su ropa interior, dolor al orinar, lesiones o sangrados en áreas genitales, problemas ginecológicos o gastrointestinales, secreción vaginal, hematomas en los glúteos, en la vulva o en los muslos, son algunas de las manifestaciones físicas que presenta un niño o una niña en estas condiciones. En el aspecto psicológico un niño o una niña que está siendo objeto de abuso sexual puede llegar a mostrar los siguientes comportamientos:
Tomado de Siglo Veintiuno-Guatemala
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