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Algunas mujeres habían escrito y publicado novelas en Nicaragua. Pero ninguna ha desarrollado una conciencia femenina como Rosario Aguilar, autora de una modesta pero impresionante obra, valorada en Estados Unidos por el Shollar Raymond de Souza, quien anotó: "Ella prefiere la novela corta y sus trabajos publicados (hasta finales de los ochenta) incluyen siete novelas cortas". Rosario Aguilar nació en León el 29 de enero de 1938. Educada en el Colegio La Asunción de su ciudad natal. En 1947 se traslada a Guatemala donde su padre, Mariano Fiallos Gil, desempeñaba un cargo diplomático. Estudió inglés en Louisina, en 1954, y al año siguiente continuó sus estudios en Dallas. Al casarse tomó el apellido de su esposo. En 1966 una de sus novelas, Aquel mar sin fondo ni playa, obtuvo el segundo premio de novela en los Juegos Florales de Quezaltenango. Encabeza a las escritoras nicaragüenses desde los años 60, cuando publicó sus primeras novelas cortas: Primavera sonámbula (1964) y Quince barrotes de izquierda a derecha (1965). Pero fue en su tercera novela, Aquel mar sin fondo ni playa (1970), donde reveló su madurez narrativa: arraigadamente femenina, y ubicada en la realidad nicaragüense, explota el conflicto entre lo normal y lo anormal, situando a la autora en la primera fila de la narrativa centroamericana. Otra obra narrativa de Rosario Aguilar fue una biografía novelada de la madre de Rubén Darío: Rosa Sarmiento (1968). Escrita en tercera persona, la novelista logra transmitir el dilema de Rosa, que oscila entre sus ansias de ser amada y el amor de su hijo, intercalando pasajes del "Génesis" bíblico y versos de Darío, o sea recursos intertextuales. A continuación publicó Las doce y veintinueve (1975), que recoge la experiencia del terremoto de Managua de 1972. Posteriormente, manteniendo su capacidad de perfilar personajes femeninos maduró su escritura narrativa en El guerrillero (1976), Siete relatos sobre el amor y la guerra (1986) y La niña blanca y los pájaros sin pies (1992). En esa novela cuenta dos historias diferentes: la de una joven escritora y su relación con un periodista español, por un lado; y, por otro, las historias de seis mujeres valientes e interesantes durante la época de la conquista española en América. Si último libro es una biografía materna: Soledad, tú eres el enlace (1996), donde cuenta la historia de dos familias: una española que emigró a América desde el siglo pasado -los Oyanguren y López de Aréchaga- y otras centroamericanas, pero también de origen español: los Fiallos. Es decir, la de sus padres a quienes retrata con maestría y amor filial. Pero ella logra mucho más que la recreación de un álbum de familia, al innovar, con una prosa concisa y minuciosa a la vez, el género biográfico, distanciándose suficientemente de sus personajes, ligados a ella por la sangre y el recuerdo íntimo. En suma redondeó un libro ejemplar que se lee y relee como una novela. En resumen, por sus nueve obras -ocho novelas cortas y una biografía- Rosario Aguilar es considerada por diversos críticos latinoamericanos un valor indiscutible de la narrativa contemporánea centroamericana; dueña de una voz polifónica y de un profundo conocimiento de la psicología femenina, es la primera mujer de la narrativa nicaragüense. Rosario Aguilar en su discurso de ingreso a la Academia Nicaragüense de la Lengua, dice, "Creo que mi mejor aporte en esta trascendental oportunidad, trascendental para mí, es la de contarles un poco sobre mis experiencias como lectora y escritora de novelas". "No soy en realidad más
que una observadora de lo que ocurre a mi alrededor, una oyente y una lectora
de lo que dicen y escriben los demás, una narradora de las cosas
que imagino, entonces no me parece que pueda contribuir mucho esforzándome
por hacer lo que no he hecho ni creo poder hacer nunca: un ensayo de teoría
o crítica literaria, o de lingüística. O sobre lo poético".
Cuenta Rosario que a lo mejor fue por Marianela, de Benito Pérez Galdós, la primera novela que leyó por indicación de su madre, en unas vacaciones cuando tenía once años, y que su tío Benito Oyanguren le prestó de su biblioteca compuesta en su mayoría de autores españoles. También dice recordar el último libro que le prestó antes de morir: Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez. Leyó María, de Jorge Isaac, de la biblioteca del Colegio La Asunción. Recuerda que lloró tanto con esa novela, que las monjas, se preocuparon y mandaron a llamar a su mamá, pensando que padecía de un mal de amor imposible y trágico como el de la misma María. En el mismo colegio, a la hora de costura de una a dos de la tarde, una joven leía, casi siempre historias de santos y santas o novelas de amor. Así conoció a las más famosas poetisas de la lengua castellana. Su madre también les leía en casa, "¡Qué emocionante era para mí!, escuchar embelesada la voz de mi madre, así conocí La Ilíada, de Homero, el Quijote, de Cervantes, La Montaña Mágica de Tomás Mann, Por quien doblan las campanas, de Ernesto Hemingway, La Guerra y la Paz, de León Tolstoi, o Doña Bárbara y Cantaclaro, de Rómulo Gallegos, y muchas más". En un ambiente así, tenía que ocurrírsele a Rosario escribir novelas. Un día se acercó a su padre para decirle que le enseñara cómo hacerlo. Le dijo que lo mejor era leer, y leer mucho. Y allí estaban en la biblioteca paterna esperándola los clásicos... y los novelistas franceses, ingleses, norteamericanos, italianos, alemanes y suramericanos en boga. Y los escritores nicaragüenses y casi todos los centroamericanos, de los que su padre se enorgullecía tanto. También estaban en la biblioteca obras de varias mujeres, sobre todo las que habían ganado Premio Nobel. Es decir, tenía al alcance de la mano, muchos maestros y maestras. "Mientras leía novelas con dedicación, con afán de aprender, un día encontré el consejo que el autor de más éxito de la lengua castellana se dio a sí mismo hace 480 años en el prólogo del Quijote: "...procurad que a la llana con palabras insignificantes, honestas y bien colocadas, salga vuestra oración y período sonoro y festivo, pintando, en todo lo que alcanzaréis y fuere posible, vuestra intención; dando a entender vuestros conceptos sin intrincarlos ni oscurecerlos. Procurad también que, leyendo vuestra historia, el melancólico se mueva a risa, el risueño la acreciente, el simple no se enfade, el discreto se admire de la invención, el grave no la desprecie, y el prudente no deje de alabarla", recuerda Rosario. Su tío Benito le decía que nuestra lengua es sustancialmente la misma en la que escribió Cervantes. Por otro lado, las obras de las autoras más famosas, le demostraron, que una mujer, cualquier mujer, podía dedicarse al oficio tan ansiado por ella, de escribir novelas. Así un día se dio cuenta que no podía postergar más su decisión de escribir una novela. Se sentó en la mesa del comedor, con una página blanca en el rodillo de la máquina de escribir portátil que le había regalado Iván, su esposo. "Quería, ansiaba escribir novelas, y que en ellas desfilaran las mujeres de mi país como protagonistas, unas veces atormentadas por sus propios conflictos, luchas, dudas. Otras veces revelando sus pasiones, sus amores, sus ambiciones. Quería contar sus pecados o destacar sus virtudes". Su entusiasmo era tal que comenzó a escribir "Primavera Sonámbula". La habilidad para narrar una novela consiste en usar con destreza el lenguaje, y al mismo tiempo no hay que apegarse estrictamente a las reglas gramaticales porque sufre la narración. Una novela casi siempre gira sobre los preceptos bíblicos comunes a todos los seres humanos de nacer, crecer, reproducirse y morir. Cada autor tiene su propio lenguaje para describir estos temas, tan naturales en la vida real, y tan difíciles de abordar en la página limpia. No hay que olvidar que cada palabra cuenta. "Cada palabra tiene alma", dice el más grande poeta de la lengua castellana, Rubén Darío, en La historia de mis libros. Por consiguiente, una escena en apariencia simple, puede costituir una trampa en la que fácilmente el novelista rebala y cae con sólo escoger la palabra equivocada. "En estos tiempos encontrar el lenguaje preciso para describir el amor", dice Rosario, "se vuelve cada vez más difícil porque los conceptos cambian, día a día evolucionan, ya se ha llegado incluso al amor virtual. En esto el cine y la televisión han contribuido mucho. Sin embargo el amor sigue siendo parte importante de la vida, y por consiguiente está en casi todas las novelas, igual que la muerte, siempre hay alguien que muere en las novelas, los escritores entonces quedan marcados por estos acontecimientos". "Con la práctica muy pronto aprendí, que leer y leer a otros autores de novelas, no lo es todo. La vocación es lo más importante. Con vocación se resiste, se sufre, se aguanta, para poder escribir una novela hasta el final. Porque para terminarla se requiere mucha paciencia, disciplina y perseverancia", asegura. "Como el único artífice de una novela, es el escritor con su lenguaje, con su palabra, mañana ya en León, cuando ponga de nuevo los pies en el suelo, apuntó Rosario al finalizar su discurso de incorporación a la Academia de la Lengua, volveré a buscar anhelante -como hacen los novelistas del mundo casi todos los días de su vida-, las palabras más acertadas, más exactas, más descriptivas para transmitir a los lectores y lectoras las creencias y sentimientos de los personajes en la forma más convincente posible, y así lograr apartarlos, por un rato, de sus propias penas y angustias". "¡Ah! ¡Qué perfectos esos días en que nos sentamos en nuestra mesa de trabajo y el lenguaje corre fluidamente, sin diques, sin tropiezos! ¡Y qué terrible cuando el lenguaje se nos rebela como las olas de una mar embravecida! ¡Qué frustración! ¡Qué vacía y grande se nos presenta la página en blanco! BOLSA DE MUJERES, se une al regocijo de las "Letras Nicaragüenses" por la incorporación de Rosario Aguilar a la Academia Nicaragüense de la Lengua. |
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