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MIREYA
MOSCOSO
Mireya Moscoso, viuda del legendario panameño Arnulfo Arias, es la nueva presidenta de Panamá y la segunda mujer que ocupa tan alto cargo en Centro América. A los nicaragüenses nos cupo el honor de tener la primera mujer presidenta de la región, que con tan buen suceso desempeñó doña Violeta Barrios de Chamorro, especialmente en la pacificación, reconciliación y respeto irrestricto a la libre expresión. La nueva presidenta del país centroamericano ha ganado el cargo frente a Martín Torrijos, el hijo del hombre que derrocó a su primer marido. Tiene 52 años, un olfato político con el que no contaban ni en su propio partido y un pasado de leyenda. La historia comenzó cuando ella tenía 17 años y el sexagenario presidente Arnulfo Arias decidió cortejarla... Arnulfo Arias contrajo matrimonió con Mireya Moscoso, una guapa muchacha de 23 años que fue su secretaria y siempre había admirado el porte del caudillo panameño educado en Harvard, sus proclamas sociales, las arengas en defensa de los pobres, o su exacerbado nacionalismo contra el protectorado de Estados Unidos sobre el canal que cruza el tórrido país centroamericano. La desigual pareja, de 46 años de diferencia, se casó discretamente en Miami, ciudad norteamericana a la que huyó Arias después de ser expulsado del Gobierno en 1968 por el cuartelazo de otro caudillo tropical, el general Omar Torrijos. Arnulfo Arias, tres veces presidente, tres veces derrocado a la brava, fue un político impulsivo y populista, un caballero fino y galante, tildado de nazi y racista en la década de los treinta, y casi septuagenario durante sus esponsales con la joven Mireya, que tres decenios después invocó su legado y su doctrina para ganar la jefatura del Estado en las elecciones del pasado 2 de mayo. Mireya fue casada nuevamente en 1991, con el empresario Ricardo Gruber, divorciada cinco años después y madre de un niño adoptivo de 7 años. La viuda triunfante, de 52 años, recibirá el canal el próximo 31 de diciembre en lugar del joven Martín Torrijos, su derrotado adversario de los comicios, el hijo del general que negoció con el presidente Carter la devolución de la vía interoceánica y fue héroe nacional. El noviazgo de la secretaria Mireya Moscoso con el patriarca, las nupcias y su convivencia de 20 años con el político que destacó durante más de medio siglo en esta nación multiétnica, figuran en la relación de los asombrosos episodios nacionales. “Él fue mi universidad política”, presume "la señora", como la llama su gente, una mujer que conversaba horas y horas con su prominente esposo. Cuando llegaba a casa, éste se transformaba, y las pantuflas y la plática intrascendente con Mireya formaban parte de la rutina. La pareja asistía del brazo a las cenas y fiestas de Miami y gastaba con prudencia a expensas de una pensión oficial. La amargura del exilio, sin embargo, nunca les abandonó, como tampoco las maquinaciones para conseguir el regreso y retomar el poder. “El doctor Arias no la dejaba participar en política”, desmiente el periodista Carlos Singares, hostil. “Cuando se hacían reuniones en el búnker de su residencia la enviaba constantemente a buscar café. De manera que no pudo ser mucho lo que aprendió de él”. La viuda y heredera, denostada por sus críticos como carente de la formación académica y cultural adecuadas para administrar un país de 2,8 millones de habitantes y de muchas carencias, conoció a su esposo en un cumpleaños, casi de niña: ella tenía 17 abriles y trabajaba en la Caja del Seguro Social y él exhibía un bigote fino y el colmillo retorcido en política y lances de recámara. Contrariamente a las versiones frívolas y atrevidas, viejas amigas de Mireya negaron a este diario que hubiera empleado sus juveniles encantos para seducir arteramente al anciano caporal de la política panameña. Muy al contrario, aseguran, la funcionaria adolescente, huérfana de padre a los nueve años, con una prole de seis hermanos, atemperó los efusivos requerimientos y, abrumada, tardó en decidirse. Poco después pasaría a trabajar en la campaña y en las oficinas de una finca del galanteador. El doctor Arias, viudo en los años cincuenta de una señora de alcurnia, tenorio de damas pías durante la soltería posterior al duelo, debió cortejar a Mireya todo un mes y sepultarla en rosas para lograr la primera cita, una romántica cena con la novicia secretaria, con la hija del maestro de Pedasí, una chica despierta, guapa de cara y poco más de 1,50 de estatura en un cuerpo bien proporcionado. “Pese a ser tan joven, para su edad era muy seria”, recuerda una íntima. “Pero la personalidad de él era tan fuerte que la fue cautivando”. Quienes la quieren aseguran que es dulce y de carácter fuerte cuando procede, y que no se dejará manipular por camarillas. “Tiene las ideas claras y está comprometida con el pueblo”. Otros son los tiempos y no parece que Mireya Moscoso haya asumido posiciones tan proclives al radicalismo. Se reclama depositaria de la doctrina social del Arnulfo, defenestrado nuevamente en 1951, pero nadie sabe a ciencia cierta en qué consiste el credo pues su fundador cambió de piel como las culebras. La viuda heredó la astucia política del difunto y exhibió en campaña dotes histriónicas, tenacidad y cualidades para la maniobra contra sus adversarios en el Partido Arnulfista. En las charlas de pareja, el desaparecido le hablaba sobre traiciones y lealtades, y justificaba con patrióticas miras los descabezamientos de quienes disputaban su autoridad. Mireya aprendió rápido. Debidamente asesorada en la contienda del pasado mayo, igual cruzaba los brazos sobre el pecho y miraba al cielo prometiendo justicia social que agachaba la cabeza en un movimiento percibido por el electorado como de contención del llanto, de íntimo compromiso con las necesidades del compatriota más desposeido. “Sé lo que es crecer en la pobreza. Sé lo que es luchar”, clamaba. “Es una Evita Perón light”, despreció un analista, en referencia a los balconazos de la llorada esposa del populista argentino, general Juan Domingo Perón. Una de las puestas en escena, en una plaza capitalina, fue brillante. Brazos en cruz, virtuosa en el interior de un ascensor acristalado, la candidata de los pobres se elevó lentamente 20 metros hacia la gloria, hacia el micrófono de la alta tribuna de oradores. Allí sacó las uñas. “¡Llevo muy bien la falda , pero si hace falta sé fajarme los pantalones!”. Los vítores de decenas de miles, surgidos desde el tufo de las fritangas, alcanzaron el malecón y llegaron hasta el monumento al conquistador Vasco Núñez de Balboa en la escollera de la bahía que se abre al Pacífico. Contraria al liberalismo a ultranza sin una alternativa clara al proceso de privatizaciones y aunque rodeada por un equipo de oportunistas y gentes valiosas, queda por ver cuáles van a ser las ideas de Gobierno, de una mujer a la sombra toda su vida adulta de un hombre casi medio siglo mayor. El anciano le heredó a su muerte, los cafetales, la casa solariega y las propiedades, calculadas por fuentes periodísticas en cerca de 17 millones de dólares. A su muerte, Mireya Moscoso se entregó a la administración de la hacienda, esto es, de la finca y cuentas bancarias. La política vino después, en 1990, a pedido de un conservadurismo arnulfista temeroso del acabamiento, arrinconado por el Partido Revolucionario Democrático (PRD), fundado por Torrijos el año del golpe y hegemónico durante 21 años. La emergente viuda de América Latina guardaba luto durante la invasión norteamericana que en 1989 fulminó la satrapía de medio pelo de Noriega. Consiguió levantar al Partido Arnulfista y ante la sepultura del caudillo, ofreció al difunto la banda presidencial. Nadie esperaba las agallas de esta mujer menuda, incansable y definitivamente inoculada por el virus de la política. “El doctor Arias me dijo que la política era sucia y que no me metiera en ella”, había declarado en 1989 al rechazar las primeras ofertas. Con gran capacidad de razonamiento y elocuencia verbal, favorecida por un agradable timbre de voz y una dicción clara y precisa. La adorna una gran seguridad en sí misma y no da nunca muestras de pánico, impaciencia, nerviosismo, excitabilidad o descontrol. Resulta ser, además, agregan, estable en su condición de ánimo y nunca ingresa en episodios de ira o descontrol. Dialogante, asimila los triunfos sin jactancia ni veleidades y, como no tiene vicios ni adicciones y cultiva una vida sana, es ágil y resistente. La
supermujer centroamericana conoce, sin embargo, sus propias limitaciones
y parece que sabe delegar funciones. Y, al fin y al cabo, aventura una
de sus tres hermanas, Ruby de Young, para gobernar “basta el espíritu
y el deseo de servir a los demás”.
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