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de la Academia Francesa En numerosos países, y desde hace mucho tiempo, los hombres han aceptado ser gobernados por una reina. Así sucedió con Isabel y Victoria en Gran Bretaña, con María Teresa en Austria o Catalina en Rusia. Por otra parte, es un hecho que estas mujeres han sido grandes soberanas que ocupan en la historia lugares eminentes y que dejaron a su país más fuerte que como lo encontraron. Esto no es sorprendente. Una mujer pone al servicio de su gobierno las armas que la hacen fuerte en la vida privada: la intuición, el orden, la curiosidad, el buen sentido. La reina Victoria, tan respetada "cuidaba" su reino lo mismo que habría cuidado su hogar. Deseaba estar informada de todo. Aconsejaba a sus ministros y representaba admirablemente a la Inglaterra media. Además existe en la adhesión de los hombres, a un jefe que es una mujer, algo de caballerezco que refuerza la autoridad. En la Edad Media, las Cruzadas obligaron a las mujeres a dirigir grandes dominios. La castellana, en ausencia de su señor, reinaba sobre las cosas y las gentes. Las novelas de caballería celebran la excelencia de su gestión, su fidelidad, su justicia. El cristinismo reforzó también esa tendencia al reconocer en toda mujer una persona humana, igual al hombre ante Dios. Las grandes abadesas de las órdenes eran, literalmente, jefas de empresa. En nuestra época, es más natural aún que una mujer pueda dirigir y mandar. En los tiempos primitivos, la fuerza física aseguró durante mucho tiempo la dominación del hombre. Hoy día, las nuevas formas de energía quitan toda importancia al esfuerzo físico. La educación de las mujeres es igual a la del hombre. No solamente las muchachas son capaces de tomar parte en los mismos concursos, sino que incluso frecuentemente obtienen los primeros puestos. Actualmente las jefas de empresa se multiplican en todos los países. En Francia hay más de tres millones. Y las mujeres prosperan no sólo en las industrias llamadas femeninas. Claro está, todo el mundo conoce las empresas de alta costura y los nombres de Jeanne Lanvin, de Chanel o, en los grandes almacenes, los de la señora Boucicaut y la señora Cognacq. Pero lo que se sabe menos es que, por ejemplo, en 1946, en la Cámara de París, los aparatos mecánicos estaban representados por una mujer, doña Yvonne-Edmond Foinant, al mismo tiempo que la costura tenía un representante masculino, Lucien Lelong. Durante
mucho tiempo, el obstáculo que impedía a las mujeres el ingreso
en las grandes carreras fue el Código Napoleón. El emperador
desconfiaba de las mujeres y las redujo prácticamente a la esclavitud.
La mujer no podía hacer nada sin la autorización del
marido. Poco a poco se impulsó la igualdad política; después
siguió la igualdad económica. Ya se han suavizado mucho las
leyes, y pronto la emancipación de la mujer, incluso de la casada,
será total, y esto es de justicia.
¿La voluntad? La mujer ha demostrado frecuentemente que su fe en lo que ella emprende le permite reanimar el valor de los hombres. El nombre de Juana de Arco es un gran ejemplo, pero muchas otras heroínas ignoradas han sido animadoras. ¿El arte de mandar? No estoy muy lejos de creer que las mujeres lo poseen más que nosotros, los hombres, porque ellas tienen una intuición más viva de lo que piensa su interlocutor. Su instinto les dicta sobre sus colaboradores juicios profundos y verdaderos. Tienen más tacto, y frecuentemente, si es necesario saben suvizar un reproche mediante una sonrisa o moderar una orden con un elogio. ¿El detalle? Es una virtud esencialmente femenina. En los grandes negocios se ha visto aparecer desde hace veinte años a un tipo de mujer extraordinaria, que es la secretaria de dirección. No es el jefe, pero situada a su lado, informada de todos sus pensamientos, encargada de transmitir sus decisiones, tiene las cualidades de jefa. Si no mantuviera un orden riguroso, su jefe se perdería en la complejidad de los negocios. Si las circunstancias le dan el poder, será digna de él. Esta promoción de la mujer exige de ella amplios conocimientos. El mundo moderno está animado por técnicas nuevas y difíciles. Es preciso que las jóvenes estén iniciadas en ellas. El país tiene necesidad de gran número de mujeres ingenieras, médicas, etc., formadas en las disciplinas científicas. Pero no tienen que descuidar la cultura literaria, que les será excelente para el conocimiento de los hombres. El porvenir de la humanidad se está jugando al finalizar este siglo. El progreso técnico puede culminar en la abundancia o el desastre. Tenemos necesidad de utilizar todos los cerebros, masculinos y femeninos, para hacer frente a esto grandes deberes. |
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